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poemas para la naturaleza

Nada tan opuesto a la impasibilidad a que debe aspirar el sabio, según Epicuro, como los impulsos de la ambición, la vida agitada de la política, la lucha incesante y desapoderada por quitar el poder público a quien lo ejerce; por defenderlo, una vez conquistado. Lucrecio tenía a la vista las sanguinolentas consecuencias de estas luchas, ya que vivió en el período más turbulento de la república romana, y sus anatemas contra los ambiciosos tienen la viveza y la vehemencia que solo puede inspirar a un alma apasionada el horror del mal presente, el tristísimo espectáculo de ver a la patria desgarrada por sus propios hijos. Como los estoicos más severos condena Lucrecio el inmoderado deseo de riquezas, de honores, de fama, que turba la paz de los hombres y de los pueblos. Condena, ya que, el desbordamiento de las pasiones, tan contrario a la salud del cuerpo y calma del espíritu a que debe aspirar todo buen epicúreo, y entre aquéllas que merecen su agria censura descuellan en primer término la ambición y el cariño.

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Las cosas de este planeta en nada les afectan, y en ningún caso se encargan de ellas. Este poema, que se acostumbra atribuir a Miguel Hernández, aunque existe quien discute este hecho, lo acostumbraba a recitar mi abuela hace varios años. Trata de una flor que nació en una calavera que estaba tirada, con otros huesos, en un cementerio y del problema que tiene el autor entre arrancarla, lo que supondría su muerte, o dejarla en la calavera, lo que permitirá que la flor prosiga viva. Además de buenos recuerdos, este poema me enseñó lo fugaz que es la presencia y que, en el momento en que por el momento no estemos, la vida proseguirá su curso exactamente igual.

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No es de admirar que Lucrecio, siguiendo a su maestro Epicuro, se confunda en inconvenientes tan arduos como el de las causas finales, el de la formación del hombre, el del origen de las ideas; problemas mucho más debatidos en tiempos recientes que lo fueron en la antigüedad, y que en todas las épocas ha procurado, inútilmente, solucionar la ciencia. En cuestiones de menos contrariedad, como por poner un ejemplo, la explicación del sueño, se pone en evidencia el erróneo método de la física antigua, que hasta pretende explicar fenómenos imaginarios, como el de la causa del miedo que el gallo inspira al león, porque de aquel salen átomos que, ofendiendo las pupilas de la fiera, la acobardan. Hipótesis fabulosas como esta, producidas por la carencia de observación, sobran en la antigüedad. Menos perdonables son en Epicuro los fallos astronómicos, porque la astronomía se encontraba en su tiempo considerablemente más adelantada de como él la expone. Pero Epicuro, se valía de las ciencias precisas, no como fin, sino como medio para demostrar su sistema filosófico del indiferentismo, que debía generar la paz del espíritu, y si adoptó la física de Demócrito, fue por el hecho de que, dando origen material al universo, suprimía la intervención divina y con ella el fanatismo espiritual, librando al hombre de supercherías que perturbaban su alma. Lo mismo hizo Lucrecio, importándole poco cualquier explicación de los fenómenos de la naturaleza, con tal que en estos sea innecesaria la intervención de los dioses. La base de la física de Epicuro consiste, como ahora hemos dicho, en que el universo es eterno y la materia de que está formado se deshace y rehace por virtud de composiciones de átomos y conforme a leyes naturales preexistentes.

El iracundo es Lucrecio, y se explica la calma del pensador heleno y el arrebato del poeta de roma, por el distinto carácter del paganismo en Grecia y Roma. Entre los helenos era esta religión prácticamente una historia de historia legendaria poética, pues los versistas adornaban a los dioses con nuevos atributos siempre y cuando acomodaba a su fantasía. No era sin duda el Olimpo mansión de buena vida y costumbres; pero tampoco aterraba a los leales con la amenaza de horribles e inmediatos dolores.

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Ya me vais a perdonar, pero «Platero y yo» siempre me ha resultado un tostonazo cursi, soporífero, meloso y repugnante hasta decir basta, sólo comparable con Bambi. A mi, de pequeño me hizo detestar a los borriquitos no les podéis imaginar cómo(tardé años en poder observarlos como sencillos animales, desprovistos del traje baboso que le confeccionó el cretino de Juan Ramón). Toda vez que me cruzaba con uno, mi tierna imaginación infantil deseaba que se apareciese Mazinger Z y lo convirtiese en chamusquina con su poderoso «fuego de pecho». ChoquiChoqui, en la foto, siempre y en todo momento tenía presente las enseñanzas de Gloria Fuertes. Como ha dicho Félix Rodríguez de la Fuente, “si existe el cielo, seguro que también hay uno para los perros”.

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  • Acusados él y sus contrincantes por emplear el soborno, todos fueron condenados a destierro, y desterrado murió.
  • Acusador a su vez en no escasas oportunidades, quiso evitar el honor del triunfo a Lúculo, el vencedor de Mitrídates.
  • No es de admirar que Lucrecio, siguiendo a su maestro Epicuro, se confunda en problemas tan arduos como el de las causas finales, el de la formación del hombre, el del origen de las ideas; inconvenientes considerablemente más debatidos en tiempos recientes que lo fueron en la antigüedad, y que en todas las temporadas ha procurado, inútilmente, solucionar la ciencia.

Recientemente me topé con el poema Besos y he amado estudiarlo pero no logró desentrañar de qué poemario o producción literaria hace parte. Exactamente la misma energía con que describe los estragos de la ambición la utiliza Lucrecio en pintar los del amor, como si al convencimiento del pensador uniera la triste experiencia del que fué víctima de ambas pasiones.

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Defendiose enérgicamente, prodigando las alusiones a las poco edificantes costumbres de su adversario. Acusador a su vez en no pocas oportunidades, deseó impedir el honor del triunfo a Lúculo, el vencedor de Mitrídates. Fue cuestor y pretor, y llegó hasta pretender la dignidad de cónsul en pelea con otros tres candidatos.

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