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cuento de miedo unas vacaciones de miedo

Otro motivo por estar sin salir es que su atención la recibe en Hospital de Infantil de México “Federico Gómez”, que es un Hospital COVID-19, y si tuviese que llevarla a urgencia entraría por exactamente la misma puerta y revisión de urgencias, lo que implica un riesgo mayor. De ahí que me solicitaron sus doctores que la cuidara para no tener que ir por ningún motivo. Así que se imaginarán de qué manera fueron mis días al proteger casi exageradamente a mi niña, aunado a tener otro hijo joven (12 años) en casa, en un espacio de 50 m2 del departamento que rentamos.

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Y en el momento en que lo hice, todo fue un tanto mucho más simple. Pienso que nos dejamos llevar por la indecisión y solo luchábamos un día al unísono. Escogemos casarnos con tranquilidad, disfrutar el proceso y que ningún familiar ponga su salud bajo riesgo. No nos importa cuándo el Gobierno levante la cuarentena y sea “legal” tener una fiesta con muchas personas, deseamos estar sin intranquilidades y vivir un momento de celebración. Tomo terapia online una vez a la semana. Esta pandemia también nos ha dejado una enorme enseñanza y sucede que los mexicanos, como pasó con el temblor de 2017, no nos quedamos con los brazos cruzados y a ver qué pasa.

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Y sí, deseo que algún día, en una situación más normal, mamá y papá vengan a cenar con nosotros. Contra todo pronóstico he aprendido a reposar junto a un hombre que de repente ronca y sueña a todo volumen. Si bien nuestros horarios laborales son muy distintos, todos y cada uno de los días nos ofrecemos unos minutos para comer juntos, a veces medio en silencio. Por las noches, Netflix y el helado son nuestros mejores amigos. Y no, ya prácticamente no hablamos sobre el coronavirus. Unos cuantos días después, vino una llamada. Había convivido con un individuo que presumiblemente tenía coronavirus.

La multitud no quiere charlar, y, los que saben algo, no dicen nada por temor, por miedo. Y si bien esté de esta forma, con mis pies hinchados como sapos, yo voy a continuar buscando a mi hija. Ahorita, con lo de la pandemia, aseguran que no puede una ni salir. Yo vendo ropa de segunda en los tianguis, pero también nos quitaron de andar vendiendo allí en Ciudad Victoria.

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Pon tú, me venía sacando unos 500 pesos la día. Ahora, en conjunto, con todo y los cigarrillos, apenas saco unos 150 pesos. Y eso, porque vengo desde muy tempranito, a las ocho de la mañana ya estoy montando mi changarrito, y me marcho ahora hasta durante la noche, asimismo a las ocho. No hay forma de cuidar de Inna; una niña de esa edad necesita atención al 100%, desea jugar. Entonces recurrimos a los abuelos, debimos hablar con ellos para que se cuidaran, que no se expusieran, por mí y por la pequeña, y son los que vienen y nos ayudan a cuidarla.

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Decidió protegerse llenando su isla con muñecas de todo género… pero, como sea, varios años después murió ahogado exactamente en el mismo sitio. En la actualidad, la isla es un destino turístico, pero hay gente que asegura que el fantasma de la joven sigue apareciendo.

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Ambos tienen mucho más de 50 años y aunque a veces van con temor, les gana la convicción de proseguir adelante. Virtudes que había olvidado, gracias papás por ser como son. Ese día regresé a mi casa con una extraña mezcla de sentimientos, en las que prevalecía la vulnerabilidad. Por vez primera en bastante años, no era la persona segura y hasta soberbia, sino que me sentí indefenso y con miedo de no saber que vendría para mi. Hace un año, por temas laborales, bebía y celebraba en un lujoso hotel de Miami. Hoy, en cambio, estoy en casa con mis padres, en Ecatepec, Estado de México y sin un empleo. No tenía ropa lista para el día del examen, por el confinamiento no pude salir a comprar.

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