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La verdad prohibida sobre Poemas Sobre La Revolución Mexicana Revelada por un experto

poemas sobre la revolución mexicana

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Con Los senderos ocultos de Enrique González Martínez, el Modernismo mexicano apostó, como orientación dominante, por el viraje hacia lo íntimo y metafísico, en combinación con una escritura refinada. Y ésta se avenía poco con la grandilocuencia obligatoria tanto para la poesía civil de tipo dariano para la poesía patriótica al empleo hasta entonces.

Poemas De La Revolución Mexicana 1910 1929

En México, cabe recordar, existía una extendida tradición de poesía patriótica, como vertiente especial del subgénero de la llamada poesía civil o cívica, que durante todo el s. XX se cultivaba en todo el campo hispánico -y que al menos al principio hubiese configurado el género perfecto para tratar el tema de la Revolución. En los últimos decenios de la centuria, además de las obras ejemplares del pasado -de Andrés Bello, Esteban Echeverría y José María Heredia, para solo denominar a ciertos, ejercitó asimismo cierto valor modélico la poesía del español Gaspar Núñez de Arce, muy apreciado, entre otros, por el mismo Rubén Darío. La poesía patriótica mexicana de aquel tiempo, representada por servirnos de un ejemplo por Juan de Dios Peza, casi por definición prefería temas del pasado y/o de los héroes históricos, desde los príncipes aztecas hasta Miguel Hidalgo, los pequeños héroes y Benito Juárez3, evitando la referencia a la actualidad habitual para la poesía civil en otras latitudes. Con el apogeo del Modernismo esta poesía patriótica, indispensable para la celebración de todo género de fiesta civil durante el Porfiriato (Plasencia de la Parra 1995, Moya Gutiérrez 2001) perdió importancia literaria. Se redujo a un género de poesía de ocasión, pero que en cuanto tal hasta los versistas más emblemáticos del movimiento -como Amado Nervo4- no dejaron de escribir.

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Al bautizo de sangre donde todo es confusión, y los hombres borrachos juegan a los naipes y a los sacrificios humanos; trenes sonoros y marciales donde hicimos cantando la Revolución.[…]Allá lejos,mujeres preñadas se han quedado rogando por nosotros a los Cristos de Piedra. Crece el tiempo en silencio, hojas de yerba, polvo de las tumbas que agita solamente la palabra. Estridentista- del subgénero de la poesía civil que ahora debía convertirse en poesía de la Revolución. Diviértete con acceso a millones de e-books, audiolibros, gacetas y considerablemente más de Scribd. Los recortes son una manera práctica de recopilar pantallas importantes para volver a ellas más tarde. Ahora puedes ajustar el nombre de un tablero de recortes para guardar tus recortes.

  • Con Los caminos ocultos de Enrique González Martínez, el Modernismo mexicano apostó, como orientación dominante, por el viraje hacia lo íntimo y metafísico, en combinación con una escritura refinada.
  • Este proceso promovió tanto el auge de la novela y su apreciación mientras género literario a la altura de los otros, como por otro lado el autodinamismo del desarrollo de los géneros, que a partir del Modernismo se veían poco a poco más independientes los unos de los otros.

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Y cabe suponer que en ello prosigue en cierta forma el sendero abierto por «La suave patria», buscando un nuevo equilibrio entre la temática y el ademán de la poesía civil, orientada hacia esta época, por una parte, y la poeticidad, por el otro. Sin embargo las diferencias en tantos otras caracteristicas, es tal como también el poema de Maples Arce disminuye al mínimo las referencias denotativas a la realidad extraliteraria y evita la proclama ideológica, centrándose en la construcción de imágenes altamente plásticas y emotivas. Aunque Vrbe está destinado a «los obreros de México» y deja traslucir una fuerte simpatía por las masas y el obregonismo, no se pone al servicio de la revolución social, sino reitera que su posición autónoma, que en cuanto avanzada estética resulta equivalente a la Revolución. Con el poema de López Velarde el de Maples Arce comparte además de esto parentescos estructurales -los dos son poemas largos, delegados en partes de las que la primera sirve de proemio metapoético-, tal como algunos núcleos semánticos y estilísticos, entre ellos el tema del tiempo y la copresencia de modernidad y tradición. Y si se acepta para Vrbe la evocación, a propósito muy vaga, de Tenochtitlan, entonces los dos poemas coinciden asimismo en la actualización -resemantización- del pasado azteca, ingrediente obligatorio de la poesía patriótica anterior. La falta prácticamente completa de una poesía de la Revolución -que en analogía al concepto de novela de la Revolución y en atención a la conocida distinción establecida por Bernardo Ortiz de Montellano no debe confundirse con una poesía (estéticamente) revolucionaria- ha de verse en relación, primero, con la crónica de la literatura en México.

Es así como demuestra, un poco paradójicamente, la distinción y autonomización crecientes de los géneros literarios, que la literatura en toda Latinoamérica estaba experimentando desde hacía tiempo atrás, más allá de que con desfases nacionales a veces considerables. Este proceso promovió tanto el auge de la novela y su apreciación en tanto género literario a la altura de los otros, como por otro lado el autodinamismo del avance de los géneros, que desde el Modernismo se veían poco a poco más independientes los unos de los otros. Para la mayoría de autores, lectores y críticos, la renovación modernista había comenzado con la poesía, y no en último lugar por el hecho de que ésta -también en respuesta a la posición supuestamente marginada que ocupaba en la sociedad burguesa- había rechazado seguir cumpliendo las demandas de compromiso extraestético, sea este de índole moral, didáctico, religioso o civil-popular.

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Rafael López, poeta modernista menor, fue de los escasos que mostraron cierta inclinación por la poesía civil de tema de hoy. En 1906 publicó una «Oda a Juárez», todavía de factura patriótica-histórica convencional, pero en 1912 presentó con «La bestia de oro» un texto próximo a poesía civil en el sentido propio del término. El poema tematiza el creciente dominio norteamericano sobre México, no obstante impide cuidadosamente cualquier alusión a la actualidad del problema, ofreciendo más bien un pastiche del poema modélico de Darío. Sin lugar a dudas, la situación especial de los intelectuales bajo el Porfiriato -la abstinencia política les garantizaba paz y un margen bastante amplio de independencia para la rebelión literaria – explica bastante bien el avance esbozado. Y no puede asombrar, por tanto, que tras la caída del régimen los modernistas tampoco cambiaron de actitud, aunque múltiples de ellos vivieron hasta el desenlace de la contienda bélica y hubiesen podido redactar poemas sobre el futuro del México posrevolucionario en la línea del Canto a la Argentina de Darío, o las Odas seculares del argentino Leopoldo Lugones.

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