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El Consejo del experto sobre el secreto en Poema A La Madre Tierra Corto al descubierto

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Frecuentemente se ha repetido en estos últimos años, dentro y fuera de España, que la época presente no es temporada de poesía. La indiferencia con que una gran parte del público frecuenta hoy acoger los versos que salen a luz reunidos en compilación, no es bastante motivo para deducir precisa similar especie. Esa indiferencia, lamentable siempre como signo de poco apego a los puros y tranquilos disfrutes del alma, es entre nosotros resultado inmediato del afán con que se ha procurado impulsar la juventud al camino de la ambición y de las luchas políticas; pero no significa que este momentáneo eclipse indique la nulidad o acabamiento de la inspiración poética.

  • La esposa, el hijo, la familia; arca santa donde se salva del diluvio toda fe; Jordán en que se regenera y purifica el alma.
  • Algo que entrevió Juncal al través de los cristales de la berlina, completó su malicioso regocijo.

Las voces que de vez en cuando repiquetean entre el raro clamoreo de las pasiones que engendra el desmedido afán de intervenir en la vida pública , cansado precisamente revelan que aún no se ha extinguido el fuego sagrado, y que arde, con celeste llama, como en fanal transparente, en el fondo de los pechos generosos. No, la poesía no está muerto; la poesía no puede fallecer, mientras haya fe y amor y caridad en el corazón del hombre. La poesía vive, y va a vivir con el virginal atrayente de inmaculadas bellezas, mientras que el ser privilegiado de la creación no reniegue de sus condiciones, subordinando los movimientos del ánimo a las sugestiones del instinto. En vano se jactará el moderno materialismo de haber dado el golpe de felicidad a la poesía.

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Decía todo esto Juncal mientras que aplicaba compresas empapadas en árnica y vendaba el brazo de don Gabriel. Juncal muy solícito, y al fijar los ojos en él, se echó atrás admirado. Son capaces de referir puntualmente las peripecias que se suceden en un abrir y cerrar de ojos, ni menos recordar de qué manera, guiado por el instinto de conservación, se pone en salvo cada quisque. Era la revuelta asaz rápida; el tiro, entregado a su impulso, la tomó muy en corto.

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Batirse, corriente, para eso vestía el traje; otra cosa que no se la solicitaran. Un casco de metralla saltaba los sesos a su asistente, aragonés mucho más racional que el oro, a quien Gabriel profesaba entrañable cariño, y su muerte le causaba la impresión de haber presenciado un aleve asesinato, mucho más bien que un episodio bélico. A esa cosa particular que en el cuerpo llamanla peña, tendencia mezclada de orgulloso retraimiento y de feroz insociabilidad, que en él llegaba al radical de pasarse tres horas en la esquina de una calle de Segovia, vislumbrando el momento en que saliesen de su casa unas señoras a quienes su padre le ordenaba conocer, para cumplir con dejarles una tarjeta en la portería. Dormía también el mayoral; sólo que ese ya roncaba insolentemente, espatarrado en el pescante, con la bota casi desangrada bajo el sobaco, el mango de la tralla escurriéndosele de la mano, los mofletes echando lumbre y colgándole de los labios un hilo de baba vinosa. Y dormitarían los caballos del tiro, si se lo dejasen los encarnizados y fieros tábanos y las pelmas de las moscas, incansables en lancetarles la piel. Los infelices jacos se estremecían, coceaban, sacudían las orejas con frenesí, se mosqueaban con el rabo, y solían arrancar al trote, suponiendo huir de la tortura. Del mayoral, por el olor desagradable del forro del vehículo.

Se encontraba de buen humor el vejete, como siempre que acababa alegremente una operación y se veía con el pichel de mosto delante. A las protestas de la Sabia, que se lamentaba de las anomalías de la salud de los animales con tono de abuela en el momento en que lamenta atribuyas de sus nietos, respondía chistosamente el algebrista que, si no tuvieseuna riqueza en ganado, no se le pondría el ganado enfermo nunca. Gabinete el barranco donde con palpitante corazón aguardaban niña y muchacho que cesase el aguacero. A un mismo tiempo sintió la niña un chorro en la nuca, y el mancebo llevó la mano a la cabeza, porque la ducha le regaba el pelo ensortijado y brillante. Ambos soltaron la carcajada, ya que estaban en la edad en que se ríen lo mismo las vicisitudes que las venturas. Mira en fin, aquella dama Que olvidando su belleza, Pasa una existencia oscura, Sin pesares ni dolor; Sonríe a su hija en los brazos, Al tierno infante en la cuna, Y no anhela otra fortuna que los lazos de su amor. ¿Sabéis lo que queda al ciego Corazón que nunca olvida?

¿Ya que no se le ocurrió alguna mañana ver con ojos foscos y perdidos unos cuantos pistolas inglesas? Seguida, sin ofrecerle al culpable tiempo ni a vocear, le asieron de las muñecas, le llevaron arrastrando al desván, le metieron allí, echaron la llave… Al punto mismo se oyó en la puerta el altercado de dos vocecillas, y en pos la brega de dos cuerpos… Giró la llave otra vez, y lamamita pálida, la hermana protectora, entró anhelante, desgreñada y victoriosa, cogió en brazos a su niño, lo arrebató a su cuarto, lo curó, lo calmó, se lo comió a besos y a caricias… El médico miró a don Gabriel como reclamando su aquiescencia a este rasgo de osadía científica. Se había terminado la cura, y bajaba la manga para vestirse otra vez.

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La claridad diurna alumbraba las facciones del viajero de los guantes, conociendo en su barba corrida, bien recortada y no muy robusta, bastantes hilos de plata; en su dentadura una mella; en sus sienes lo ralo del pelo; en sus mejillas, de piel fina y coloración mate, la azul señal de ciertos granos de pólvora engastados bajo el cutis. A un lado y a otro de la nariz, los quevedos de acero que acostumbraba a gastar le habían labrado una suerte de surco, rojo o amoratado. Su mirada, intensa, dulce, miope, tenía esa concentración propia de la gente muy capaces, bien avenidas con los libros, inclinadas a la reflexión y aun al ensueño. Trabáronse como antes por los dedos meñiques y prosiguieron andando no muy despacio. El bosque se hacía más intrincado y obscuro, y en ocasiones un obstáculo, seto de maleza o valla de renuevos de árboles, les obligaba a soltarse de los dedos, a levantar mucho el pie y tentar con la mano. Tropezó Manola en el cepo de un castaño cortado, y sin poderlo evitar cayó de rodillas.

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