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Cómo encontrar Todo Para aprender Acerca de Poemas Cortos De La Naturaleza Con Autor Y Titulo

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Muchas merced a Conciencia Eco, por la amabilidad de publicar mi poema «BOSQUE . No solo por su gran labor, en el afán de proteger los bosques, sino, además, por ayudar con la cultura poética. Saludos y felicitaciones por su fantástica confía natural y ecológica. No son menos visibles los conocimientos fisiológicos que Lucrecio demuestra en su poema, y también muy dignos de atención sus pálpitos sobre la capacitación de todo el mundo, de los animales antidiluvianos y de las especies que han desaparecido, enunciando la pelea por la presencia, fundamento de la teoría de la selección natural de Darwin.

Sin más preámbulos, vamos al grano y quisiera que disfrutes de los más destacados poemas del Renacimiento. El Renacimiento fue una época de gran transformación artística y cultural, en donde la razón pasó de situarse en espacios metafísicos para profundizar en el hombre, por lo que se considera un puente de transición entre la Edad Media y la Edad Moderna. Los poemas del Renacimiento son el testimonio escrito de los destellos culturales de una época que convirtió los paradigmas de la sociedad. El «Rey Poeta» fue un destacado monarca prehispano que aparte de efectuar esenciales creaciones durante su gobierno escribió hermosos versos. Disculpe la tardanza en contestar, no me había dado cuenta de su mensaje. Disculpe la confianza, pero ciertamente me hizo trasladarme a México dónde sucedieron los hechos de tan horrible crimen de les humanidad contra la naturaleza. Por fa componga un poema dónde la selva amazónica grita también cuando la desforestación es fuego que quema el alma de la pacha mama..

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O sea lo que extingue el miedo a los poderes divinos, lo que devuelve la paz a los espíritus desequilibrados, lo que emociona a Lucrecio, lo que le infunde tan poderoso aliento para propagar su doctrina, lo que trasciende en todo el poema de La Naturaleza. Después de proclamar con tanta energía la ley de la renovación universal en razón de la que la muerte es importante para crear nuevos seres, Lucrecio jura borrar de la mente de sus conciudadanos la iniciativa de una segunda vida que, como la presentaba el paganismo, más servía de terror que de consuelo. Para Lucrecio, los martirios del infierno pagano son representaciones simbólicas de las pasiones humanas que en este planeta hallan su castigo. Nuestras pasiones y nuestros vicios en ellas mismas llevan la pena, y el infierno lo poseemos en nuestra conciencia. Prescindiendo de las conclusiones del poeta contra la vida futura, la idea de que el castigo es inseparable de la falta tiene un profundo sentido ética, y de ella y del consejo para consolar a los miedosos de la desaparición, de que recuerden que ningún hombre, por grande que haya sido, dejó de cumplir esta ley de la naturaleza, se han valido no pocos insignes moralistas, que no pueden ser tachados de materialistas ni de panteístas. No es de contemplar que Lucrecio, siguiendo a su maestro Epicuro, se confunda en inconvenientes tan duros como el de las causas finales, el de la formación del hombre, el del origen de las ideas; inconvenientes considerablemente más debatidos en tiempos recientes que lo fueron en la antigüedad, y que en todas y cada una de las épocas ha procurado, inútilmente, solucionar la ciencia. En cuestiones de menos contrariedad, como por ejemplo, la explicación del sueño, se pone en evidencia el erróneo procedimiento de la física vieja, que hasta quiere explicar fenómenos imaginarios, como el de la causa del miedo que el gallo inspira al león, pues de aquel van átomos que, ofendiendo las pupilas de la fiera, la acobardan.

Las ideas materialistas de Lucrecio, fundadas en ser el alma corporal y padecer las mismas vicisitudes que el cuerpo, nada valen frente al espiritualismo moderno; pero contra las preocupaciones y supercherías viejas, tienen fuerza incontrastable. No admitiendo este sistema una causa ordenadora del cosmos, naciendo por quizás, y muriendo lo mismo, ni cabe en él conformarse con la intención divina, ni resignarse, como los estoicos, que también negaban la inmortalidad del alma, a una ley suprema, a un orden establecido por los dioses.

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Su ánimo sólo se apasiona para cantar esta paz estable y constante y enaltecer al principal creador de la doctrina filosófica que se la ha dado. Otro sentimiento que late en todo el poema es el odio a las supercherías religiosas, como si tras vencidas en su ánimo, se acordase, rencoroso, del tiempo que le habían estado mortificando. No es en este punto la serena razón del pensador quien habla; la airada elocuencia de sus afirmaciones prueban un espíritu convencido, pero no un ánimo relajado. Objeto principal de sus enérgicos ataques son la ambición, el amor mundano y las opiniones religiosas.

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Hipótesis fabulosas como ésta, producidas por la falta de observación, sobran en la antigüedad. Menos perdonables son en Epicuro los fallos astronómicos, porque la astronomía estaba en su tiempo mucho más adelantada de como él la muestra. Pero Epicuro, se valía de las ciencias exactas, no como fin, sino como medio para probar su sistema filosófico del indiferentismo, que tenía que generar la paz del espíritu, y si adoptó la física de Demócrito, fue pues, dando origen material al universo, eliminaba la intervención divina y con ella el fanatismo religioso, librando al hombre de supersticiones que perturbaban su alma. Lo mismo hizo Lucrecio, importándole poco cualquier explicación de los fenómenos de la naturaleza, con tal que en éstos sea innecesaria la intervención de los dioses. Y no se crea que el escepticismo religioso de la parte más culta de la sociedad romana, de aquélla que mucho más de forma fácil podía leer la obra de Lucrecio, excusaba a este de la vehemencia con que anatematiza las supersticiones, pues muchas veces, ante las vicisitudes de la vida, volvían a incurrir en aquellas exactamente los mismos que se burlaban antes del Olimpo y sus dioses.

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Como los estoicos más severos condena Lucrecio el inmoderado deseo de riquezas, de honores, de popularidad, que turba la paz de los hombres y de los pueblos. Acepta y proclama, como su maestro Epicuro, divinidades; pero colocándolas tan apartadas de este mundo y tan extrañas a eso que en él pasa, que no requieren ni adoración ni santuarios. Lucrecio, como Epicuro, niegan la presencia de las divinidades con pasiones humanas del paganismo; pero no la providencia de Sócrates, ni la de los estoicos, ni que haya una potestad divina única y universal, sino que ésta se halle fraccionada entre distintos dioses que, ejercitando un poder mezquino, injusto y caprichoso, torturan a la humanidad.

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